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Artículo de opinión: "Ser uno mismo".

Ser uno mismo, por Miguel Pérez Martín (El Palquillo)
La Pasión según Sevilla es solo eso. Una visión. Una visión fastuosa y vibrante, pero no el canon universal de lo correcto. Porque aquí la única verdad absoluta es la que late en el corazón del creyente

Pecamos nosotros, sevillanos, de creer a veces no solo que lo nuestro es lo mejor, sino también la mejor manera de ver la vida y de hacer las cosas. Hasta ahí, siendo sinceros, es solo problema nuestro. Creernos dueños de la verdad absoluta es una cuestión de carácter que no voy a entrar a valorar, porque creo que en este momento no procede. Ya bastantes “guardianes de las esencias” tiene esta bendita ciudad, y algunos de ellos tan incomprensiblemente poderosos, que no dejan avanzar a Sevilla con su tiempo. Prefieren dejarla dormida, en coma, corriendo el riesgo de que, cuando se despierte, quizá sea ya tarde para asimilar lo que ha pasado mientras el reloj seguía corriendo.
Más allá de todo esto, que forma parte de la interminable batalla de la ciudad entre avanzar y quedarse en el eterno momento de la Víspera, hoy lo que traigo en la alforja tiene más que ver con el forastero. Y digo forastero para llamar a aquel que no ha nacido en Sevilla pero ama su Semana Santa quizá más que muchos de los que aquí dicen defenderla. Han venido aquí, a esta ciudad barroca que de puertas para adentro nunca quiso dejar de serlo, para ver lo que antes solo veían en estampas, y ahora en vídeos de YouTube. Son los que buscan el izquierdo del misterio de San Gonzalo, el sonido del rachear de pies en Santa Marta, el golpe seco del palio de cajón contra el varal y el calor de la cera en el templo que camina por San Pedro cobijando de la tiniebla a Madre de Dios de La Palma.

Tengo muchos amigos que han venido a Sevilla a dejarse llevar por el imperio de un mar de plumas en la Resolana y a venerar la maravilla del Señor de Pasión saliendo del Salvador. Y no los culpo. A veces Sevilla es la ciudad de los milagros. Disfruto viendo con ellos de nuevo lo que he visto siempre pero como si fuera la primera vez, con los ojos de un niño que no entiende con la boca abierta cómo se tambalea el Señor del Descendimiento de La Quinta Angustia.
Así que, llevado por la curiosidad, he ido poco a poco yendo de la mano de esos amigos a conocer la Semana Santa de Granada. Y de repente veo escenarios de película, palios que bajan la estrechez imposible del Albaicín, un nazareno que surca el aire decadente y romántico del Paseo de los Tristes, una reina gitana que sale a las calles escoltada por un templo de cobre… Y me quedo completamente fascinado, porque es diferente y es hermoso. Porque no he visto nada igual, o eso creo. Y les comento a mis amigos que aquello es espectacular, y me dicen, medio apenados, que está bien, pero que ojalá las cosas fueran allí como en Sevilla.

Y me quedo pensando. Y entonces pienso en el Rosario de la Plaza de Santo Domingo, en su banda de las Tres Caídas con uniforme idéntico a la de Sevilla. Y pienso en aquel palio de la Virgen de los Reyes granadina y no puedo evitar acordarme del nuestro de Los Servitas. Y empiezo a dejar de comprender. ¿Por qué quieren ser como nosotros si lo mejor es ser fieles a lo que son? ¿Por qué piensan que son mejores si se parecen a lo que se hace en Sevilla?
Y me planteo si en el resto de las ciudades andaluzas aspirarán a ser lo que Sevilla, por lo visto, manda que debe ser. Granada, te ha dado la Historia un escenario que parece un sueño, una identidad propia, unas tradiciones relacionadas con la Semana Santa que son genuinas y únicas. ¿Por qué vas querer dejar de ser lo que eres para intentar parecerte a algo que no pertenece a tu historia?
Sevilla, mi Sevilla, tiene una Semana Santa esplendorosa. Pero no la mires como el que mira a la perfección, porque sabemos que algunos de nuestros enemigos están dentro, y que las deformaciones de la fiesta han superado el sentido de la misma para quedarse a veces en lo superficial. Y corres el riesgo de que esos enemigos que como Ícaro se acercan tanto al cielo que acabarán derritiendo sus alas de cera -muchas veces por no pensar en las consecuencias- afloren también en tus filas de nazarenos y en tus cabildos.

No quieras ser una ciudad en la que hemos obligado al ayuntamiento a frenar las salidas procesionales porque hemos colmado el vaso de la paciencia, y con razón. No quieras ser esa ciudad en la que algunos capataces son figuras intocables, quizás porque los hemos elevado a los altares y olvidamos que solo eran hombres. No quieras ser una ciudad en la que se critica lo diferente, como les sigue pasando a los hermanos de El Sol. No quieras ser la Sevilla de la Semana Santa espectáculo y del aplauso coordinado por regidores que marcan la palma a golpe de llamador. No quieras todo eso para ti.

Quédate con nuestro espíritu, el de las cosas pequeñas y al mismo tiempo gigantes. El del Centro de Estimulación Precoz del Buen Fin, el de la Macarena abriéndole las puertas a La Estrella mientras duran las obras de su capilla, el de la calle Santiago abriéndose un Domingo de Ramos para la salida de San Roque porque en la plaza de Carmen Benítez la cúpula corría el riesgo de desplomarse, quédate con la sincronización perfecta de los nazarenos negros de la Madrugá y con el abrazo del Cerro, de la calle Castilla y de muchos barrios más a esos niños bielorrusos que vienen a recordar cómo sonaba la risa.

Pero por lo demás, sé tú misma, sé Granada, con tu palio gitano de cobre y tu Sacra Conversación de elegancia impecable en San Agustín, con tu luminoso y exquisito palio blanco para cobijar la belleza de Victoria, con tu Silencio en la oscuridad suprema de la noche al son de tambores de muerte, con tu Aurora abriéndose paso Albaicín abajo entre la muchedumbre… Sé el Evangelio según Granada, que lo demás ya se ha hecho, y lo que tú tienes no lo tiene nadie. Y no olvides que a este sevillano lo conquistaste solo con tu encanto, una noche de incienso en el Realejo, mientras subía al Calvario de su templo el Señor de los Favores.

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