La Semana Santa tiene una imagen icónica e inconfundible: una silueta de capiruchos recortada sobre el fondo de la ciudad. Esperando la cofradía que sea, sea el día que sea. La Semana Santa son sus nazarenos. No es la primera vez que desde esta casa se reclama el reconocimiento merecido a esta figura tan característica. Por su necesidad y por su sentido. El nazareno aporta a la Semana Santa el sentido del anonimato, la definición del recogimiento y la imagen de la penitencia. No es tampoco la primera vez que se reivindica en nuestro pueblo el papel del penitente. Desde la singularidad de cada capirucho, desde los medios e incluso desde el pregón de Semana Santa, muchos cofrades han advertido de la relevancia y el papel fundamental de la túnica y el capirucho. Pero no se trata de reivindicar un reconocimiento al uso, que también. El nazareno ––por definición– no quiere salir en la foto ni ser protagonista, que quede claro que una plaza o un monumento son gestos cargad...