"Matanza cofrade"
Los Árboles, sin lugar a duda olivos, no les dejan ver la magnificencia del bosque en el que habitan. Les habrán oído decir más de una vez eso de: «Esto está degenerando». Los capillitas llevan mucho tiempo convencidos de que la Semana Santa, las cofradías, su mundo particular, se asoma al abismo. Tan funestos se ponen que, más que católicos, a veces parecen cristianos de la Iglesia Adventista del Séptimo día. Quién sabe si una Semana Santa de éstas nos sorprenda una cofradía con el estreno de un guión donde ponga: The End is at Hand. Ya hace años, cierto conspicuo afirmaba sentencioso: «Esto va cuesta abajo a ojos vista», augurando para las cofradías un futuro de decadencia inminente que no ha acabado de llegar. El conspicuo sigue siendo hermano mayor de una cofradía.
Es verdad que han sido muchos, dentro y fuera de la Iglesia, los que intentaron acabar con ellas, pero todos han fracasado en el empeño. Nadie ya se acuerda, por remitirnos a un caso relativamente reciente, de aquel videojuego cutre llamado Matanza cofrade que difundió un grupo de rock radical del que tampoco quedó rastro. Como nadie recuerda otros muchos episodios similares. Hay algo, sin duda trascendente y sobrenatural, en ese mundo donde algunos, con excesivo simplismo, ven sólo idolatría y folklore. Algo que lo hace permanecer y sobrevivir, incluso a sus propios defectos.
Sin embargo, los cofrades, especialmente los conspicuos, son los primeros que no aciertan a detectarlo. Y se quejan de que sobran cofradías cuando, paradójicamente, falta gente en las iglesias, o del exceso de músicos o de la desmedida afición por el costal. Alertan sobre las hermandades que pretenden fundar cuatro mariquitas que han comprado una virgen o siete rebotados a los que han echado de otra, pero se da la circunstancia de que ése fue precisamente el origen de muchas de las más señeras cofradías actuales. O llaman frikis a quienes van detrás de las bandas, como iba aquel Antoñito Procesiones a quien con tanto cariño se recuerda. Para colmo, cuando la autoridad eclesiástica, como ellos le reclaman, se decide a intervenir para corregir alguna cosa, resulta que tampoco están de acuerdo. No se dan cuenta de que todos, absolutamente todos, los problemas que ahora tiene la Semana Santa obedecen al esplendor del que desde hace años disfruta; un esplendor que, como su propia supervivencia, tiene que ver con la enorme capacidad para evolucionar y adaptarse a los tiempos que demuestra.
Quizá ahí esté el quid de la cuestión; para preservar su esencia y sobrevivir, la Semana Santa está condenada a ir cambiando periódicamente de atuendo y esto es lo que origina el debate, los miedos y los agoreros vaticinios. Curiosa paradoja que de ese círculo vicioso pueda surgir una creación tan virtuosa como la que cada año florece en la ciudad la mañana del Domingo de Ramos.
Escrito por JUAN MIGUEL VEGA. EL MUNDO.