LUNA DE PARASCEVE: AL RESPECTO DEL CAMBIO DE FECHA PARA LA SEMANA SANTA
José Alberto Fernández Sánchez
La verdad, me producen unas
dudas tremendas las informaciones que en las últimas semanas circulan sobre el
probable cambio de fecha de la Semana Santa: de lo poco que ha trascendido, la
propuesta consiste en que quede establecida siempre dentro de la primera semana
del mes de Abril. Los motivos, al parecer, unificar temporalmente la
celebración para toda la cristiandad, teniendo en cuenta que tanto la Iglesia
Ortodoxa como algunas ramas protestantes conmemoran la Pascua una semana más
tarde que los católicos. No dejan de asaltarme interrogantes, creo que razonables,
al respecto de esta notoria alteración:
-¿Somos realmente conscientes
de que la Semana Santa "SI" se celebra dentro del Catolicismo en su
tiempo idóneo? Es decir, se conmemora un hecho coincidente radicalmente con la
Pascua judía que tiene unas pautas precisas de celebración basadas en el
calendario lunar. Sabemos que Cristo comió su Pascua en este tiempo preciso y
no en una fecha concreta: es decir, daba cumplimiento a la “Ley mosaica” a la
par que establecía la Nueva Alianza. Un enlace entre el vetusto y el nuevo
tiempo que se cumple, precisamente, en esa trascendencia de atar lo viejo con
lo nuevo en ese momento pascual preciso.
-¿Qué sucede con la naturaleza
trascendente del ritual ya perpetuado a lo largo de más de mil años? Esa
comunión sacramental con la fecha rememorada es un asunto angular desde una
perspectiva antropológica, no hay más que ver lo expuesto al respecto por los
historiadores de la religiosidad Eliade o Rappaport. ¿Qué sucede, entonces, con
ese "tempo" eterno que rememora la Pasión primera y la hace realidad
nueva cada año? Acaso, ¿no se rompe así la continuidad que hacía presente cada
primavera en un mismo tiempo sacro, ajeno al profano por tanto, el suceso
cosmogónico de la Pasión? ¿No deja, precisamente por ello, de ser un
acontecimiento trascendente al que se desfiguran su desarrollo, ritmo y sentido
sacramentales?: tal parece resultar de la realidad de un tiempo concreto
rememorado que pierde sus sustentos tradicionales, su cronología particular. En
este caso, estaríamos ante el final de la Semana Santa eterna y el inicio de
una realidad nueva, pero que ya no sería la perpetuamente rememorada al ceder parte
de sus signos e hitos temporales[1].
-Además, la búsqueda de una
fecha solar estable entorno al día que en aquel año 33 se celebró la Pascua
conlleva la problemática de que las jornadas centrales del Triduo Sacro, aún
así, no siempre coincidirán con ésta. No cabe olvidar que fluctuará
progresivamente a lo largo de las distintas jornadas de la semana de modo que
el día histórico de la Pascua (el
numérico, digamos) será de forma alternada domingo, lunes, martes, etc. De este
modo, la fecha del Viernes Santo, por poner un ejemplo, sólo corresponderá con
el día del calendario gregoriano (el propio de Occidente) una vez cada seis
años. De este modo, el día sacramental de Jueves Santo no podrá concordar con
el día mensual en que acaeció originariamente salvo en contadas ocasiones,
mientras que en la actualidad (siguiendo el calendario lunar) siempre es el
primer jueves tras la Luna de Parasceve: es decir, en conexión rigurosa con la
Pascua judía y, por ello mismo, con la jornada de la Institución Eucarística
que rememoramos[i].
-Finalmente, puesto a buscar
idoneidades y evitar duplicidades “raras”, usando los términos empleados por S.S.
Francisco, ¿acaso no son más apremiantes las circunstancias de la Navidad cuya
fecha actual sí sabemos que no corresponde con el nacimiento real de Cristo?
¿Acaso no la celebran los ortodoxos el 6 de Enero mientras los católicos lo
hacemos el 25 de Diciembre? Y, sin embargo, esto no supone un problema mientras
la fecha de la Semana Santa, mucho más coherente en el plano temporal, sí: aquí
hay algo raro que no llego a comprender. Parece existir cierto temor o
reverencia a una fiesta más paganizada, materialmente comercial, como es la “navidad
contemporánea” y mucho menos respeto a un hecho angular, mucho más trascendente
para la Historia de la Salvación, como es la Redención, la "Nueva
Pascua".
Seguro que el tiempo deparará
en breve nuevos argumentos. Quizá las posturas pronto resulten antagónicas. Lo
que parece evidente es que podemos ser testigos de la desaparición definitiva
de aquel "temor reverencial" al "tempo" y al suceso mismo
de la Pasión: la espera en vigilia ante la inminente venida de Cristo, hecho
hombre, cada Semana Santa. No es un asunto menor, se corre el riesgo de
convertir los días centrales de todo cristiano en una simple semana del
calendario desprovista de la necesaria carga trascendente y sacramental que
realmente ostenta. No quiero hablar de "conexión cósmica", como
indudablemente habría hecho Eliade, pero conviene no perder de vista que esa
misma Luna de Parasceve que ha custodiado el desarrollo recordado de la Pasión,
Muerte y Resurrección durante casi dos milenios (citemos aquí la fecha del
Concilio de Nicea, 787 d.C.), esa misma Luna primaveral que fue vista por
Cristo en la Noche de su Pasión en Getsemaní (tan atinadamente introducida por
Mel Gibson en su célebre película), dejará de amparar la rememoración
fundamental para el cristianismo; ¿acaso no supone prescindir con esto,
precisamente, de una de las pocas "reliquias" que auténticamente
formaron parte de los históricos hechos de la Salvación?. No cabe duda que, de
llevarse a cabo este cambio, desaparecerá su luz pascual de nuestros ritos y
costumbres secularmente conservados.
No puedo estar conforme.
[1]
Las apreciaciones de Eliade matizan que el rito tiene consustancialmente su
propio ritmo y tiempo propios ajenos al calendario mundano o profano. Véase Lo sagrado y lo profano (Paidós, 2003),
págs. 53-71.
[i]
Fue precisamente el S.P. Benedicto XVI la última autoridad que trató sobre el
particular de las fechas de la Pascua en Jesús
de Nazaret. Desde la Entrada en Jerusalén hasta la Resurrección (versión
castellana correspondiente a la Editorial Encuentro, 2011). Para el Papa
Emérito la cuestión merecía un destacado espacio en relación con la celebración
de la Última Cena: págs. 129-138.
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