Cofrades y aficionados

Las mayores aberraciones morales de nuestro tiempo se dan en el lenguaje. Se usa y se abusa de las palabras sin saber su larga historia y la hondura espiritual —o la perversión maléfica— que con capaces de encerrar. Creo que fue Roland Barthes, al que luego plagió en esto Saramago, el que afirmó que «las palabras no son inocentes».
Hay quien se llena la boca —o el teclado— con la palabra «cofrade» y de tanto repetirla, o tan sólo por re-petirla, se cree que ya lo es. «Momentos cofrades», se llama una colección de vídeos que anda por ahí. «Fotos cofrades» son las que muestran a las imágenes en sus cultos o besapiés. «Tertulia cofrade» se denomina a un grupo de gente unida en torno a una mesa y unas copas de vino.

Yo creo que ser cofrade es algo más serio. Se puede ser cofrade y, al mismo tiempo, adicto a los vídeos, o friki de la cámara, o aficionado a la conversación sin compromiso activo. Pero no por ver muchos vídeos, hacer muchas fotos o pontificar con un medio en la mano se es automáticamente cofrade… ni por saberse todas las marchas de diseño, desglosar la lista de vestidores de última generación o haberse enterado de que Fulanito está a punto de ser depuesto como tesorero de la junta de tal cofradía.

Ser cofrade es algo mucho más profundo, en mi modesta opinión. Lo que sí hay en ciertos lugares, y con pro-digalidad, es aficionados a las cofradías, y sobre todo a las bandas y el costal. Pero ser aficionado a las cofradías no es —ni mucho menos— igual que ser cofrade, como ser aficionado a los toros no es sinónimo de ser torero. No sé si me explico

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