Regresando un poco a nosotros mismos.

Foto Rebeca Madrid
Virgen de las Cruces































Recuerdo esos veranos eternos en los que no se ponía el sol. Esos veranos con sabor a salitre, a crema Nivea,  a polo de hielo, a Vacaciones Santillana, a piscina y dedos arrugados. Veranos en los que las ciudades se quedaban desiertas en agosto y se veía en el cine al aire libre y con selecta nevería,  a un Bud Spencer orondo, mientras te dejabas la espalda en una silla metálica diseñada como potro de tortura. Se andaba descalzo, no había horas, y se hacían meriendas-cena. Los adultos se reían entre sandías, gazpacho y tintos con Casera, todos eran un poco más felices en una especie de ritual que se cumplía cada año. En esos días se conocía al primer amor, efímero y temporal como el verano infinito, ese amor que te retorcía las tripas a golpe de hormonas y al que le escribirías cartas a boli en cuanto el otoño os separara.  

Los días de veranos siempre han sido para regresar. A donde sea. Al pueblo, a la playa, o simplemente a la vida. Y aunque haya cambiado la forma, el fondo no varía. Aparcamos responsabilidades, nos hacemos más caoticos, disfrutamos de pequeñas cosas, queremos con más intensidad, reímos con más fuerza, vivimos más y volvemos a ser niños entre las olas.

En verano, cada año, hacemos un paréntesis y regresamos un poco a nosotros mismos.

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.Gracias por su visita. SMCE