Ser presidente de una hermandad no es un camino de rosas

Resulta obvio no admitir que en cualquier colectivo, no exista la figura de un responsable, de un representante o de alguien que en definitiva ostente la dirección y la ejecución de la actividad de la cual se trate.

Esta conclusión nos lleva a las hermandades tanto a las de penitencia como a las de gloria o sacramentales , a las que consideradas bajo el punto de vista del párrafo anterior, no se eximen de esa figura responsable en la cual recae y se deposita todos sus argumentos para el gobierno de las mismas.
  En cualquier otra organización distinta a la referida, son distintas también sus denominaciones: director, ejecutivo, gerente, etcétera. Mientras que en las hermandades, sabemos que reciben el nombre de hermano mayor o presidentes como es el caso de Daimiel, como representante nato de la hermandad la cual dirige.
  Y si nos fijamos en el significado del concepto hermano mayor (presidente), puede que signifique un contrasentido, dado que el término segundo pueda confundir más que el primero en cuanto a tamaño, que en realidad nada tiene que ver con el físico, aunque a veces y paradójicamente puede coincidir ambas circunstancias. Sin embargo, en el caso del primero es perfectamente entendible su denominación de hermano como miembro procedente de una hermandad por su carácter puramente de servicio religioso y cristiano.
Para la designación de presidente igual que para ocupar un cargo de dirección de cualquier índole, se deben dar varias premisas, que además de las cofrades, serían las relativas a las condiciones humanas, religiosas, de edad, carácter, temperamento, talante, cordura, ecuanimidad, estudios, preparación, formación, relaciones sociales y valores éticos y morales, de las cuales, no todas las actitudes y aptitudes son obligatorias, pero sí algunas de ellas, imprescindibles y otras aconsejables....


Y si en las empresas públicas y privadas, los cargos directivos se consiguen mediante concursos y oposiciones, salvo dudosas excepciones. Éstos, en las hermandades, se resuelven con las votaciones mayoritarias, libres y democráticas de todos los hermanos que componen la nómina de la hermandad correspondiente, regulados a través de sus Cabildos de Elecciones, teniéndose en cuenta las condiciones citadas anteriormente, que deberían recaer preferentemente en el candidato.
Por tanto, pretender ser presidente o hermano mayor y llegar a serlo, aparte de constituir el más alto nivel y honor en la trayectoria de la vida de un cofrade, debe ir unido en gran parte a poseer muchas de las cualidades ya referidas. Y si no existen, su gestión estará seguramente abocada al fracaso.

Es decir, como todo en la vida cada persona suelen tener dotes especiales que la disponen a unas mejor que a otras a determinarlas y a que sean suficientes, competentes y acreedoras a desarrollar las funciones, que les demanden la actividad elegida. Y en este caso concreto, se trata de que esos perfiles, sean los más recomendados y apropiados para su nominación.

Y estos aspectos en las hermandades y cofradías son determinantes, porque significa sobre todo, compromiso y responsabilidad, además de la fe y devoción, las ganas y la ilusión con el añadido de no recibir sueldo ni descanso. Y las horas de dedicación no tienen límites, ni hay vacaciones ni están remuneradas. Es un altruismo puro y duro aplicado al don de las virtudes y de creer en Dios y amarlo sin condiciones. Sus decisiones no son unilaterales y los acuerdos de las gestiones a realizar, son consensuados y votados por la Junta de Gobierno, que de no existir, no se validan. Y sólo en caso de empate en las votaciones, actúa como moderador de la misma. Razón ésta, que influye en sus propias decisiones. El hermano mayor o presidente no sólo tiene que aceptar los acuerdos tomados por mayoría, sino que además ha de defenderlos, apoyarlos y ejecutarlos aun no estando de acuerdo con ellos.

El hermano mayor o presidente es eso y no mucho más en el seno de una hermandad. Y le asiste la Junta de Gobierno citada, que preside y regula en todas las convocatorias que se celebren. Su duración es de  cuatro años o cinco en otros casos, renovables a un periodo de otros cuatro o cinco. Y no sólo tiene la obligación, sino el deber de una perfecta coordinación con el Director Espiritual de la Iglesia donde la hermandad tiene establecida su Sede Canónica. Así como con su Junta de Mesa, con el Consejo de Hermandades y Cofradías y con cuantos organismos públicos y privados, necesite promover y relacionarse, aunque a veces y curiosamente se encuentre solo ante los acontecimientos y a las decisiones. Son los llamados -silencios y soledades- de los hermanos mayores o presidentes, que tristemente sólo conoce a la perfección, el que ha ejercido dicho cargo. ¿De cuántas razones, informaciones, confidencias y argumentos disponen, que sin embargo tienen que obviar, silenciándolas en pos de la corrección fraterna y cristiana, de la concordia y de la paz espiritual?

Por eso ser -presidente de una hermandad- no es un camino de rosas, sino que comporta unas vicisitudes que originan: dedicación, sacrificio y compromiso para lo cual, hay que estar bien preparado. No obstante, si se desea y no se tiene estas condiciones, lo más sensato, honrado y aconsejable -sería- ¡No presentarse!

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