Hay tradiciones que no se deben perder.

Cuando nos acercamos, casi sin advertirlo, a  la mitad del segundo mes del año recién estrenado,  comenzarán, otra vez más, a florecer en los canceles de las puertas de nuestros Templos, esas imágenes familiares para nosotros, no tanto para el que viniendo de fuera visita nuestra ciudad en esas fechas, que son las tradicionales Convocatorias de Cultos.

Y habrá muchos que sostengan que, en la era de la informática, del Internet y de la comunicación global y al instante, las mencionadas convocatorias son algo anacrónico inútil, y doblemente caro, pues al coste de su edición y colocación hay que sumar el coste indirecto que conlleva el retirarlas.


No puedo negar que todo ello es verdad ni  tampoco negaré que, en la mayoría de ocasiones, resultan inútiles para cumplir el fin con que fueron concebidas; es indudable que, en la actualidad, el hermano de cualquier Cofradía se entera mucho antes de las fechas de sus cultos por cualquier otro cauce que por el de las Convocatorias.


Pero, una vez reconocido esto, he de constituirme en defensor  de que continúen existiendo aunque, a día de hoy, solo conserven su valor como tradición.


La tradición es un bagaje muy importante en la historia de nuestras Cofradías y algo que contribuye, sobremanera, a su pervivencia tras tantos siglos. Y lo mismo que no cambiaríamos la estructuras de nuestros Cultos, ni cabildos, considerados ambos como algo desfasado por los miembros más progresistas de nuestra Iglesia, no debemos perder tampoco la tradición de nuestras Convocatorias que hagan patente al gran público que nuestras Hermandades tiene como uno de sus fines primordiales el culto a Dios y a Su Santísima Madre.

    

Y la alegría sería, todavía, mayor si, además de conservarlas, las Convocatorias cumplieran la misión primera para la que fueron ideadas y nuestros Templos se llenaran a rebosar en los Cultos Cuaresmales y en los días de nuestras Funciones Principales. 

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